miércoles, 22 de junio de 2016

2; Un segundo de reconocimiento

Una tenue luz entre toda la oscuridad. Sonidos que no soy capaz de distinguir y ruidos causados por el simple hecho de estar vivos. Respiraciones, corazones bombeando. Explosiones de sentimientos y personas desinteresadas. Me acerco un paso hacia la realidad. He vuelto a quedarme dormido en el cine. Me recuesto sobre el sillón, y miro a mi alrededor. Hay personas pendientes de la película, otras se emocionan y a algunas les ha podido el hecho de venir a la sesión golfa. Me gusta asistir a la última proyección del día porque los espectadores somos un grupo más reducido. No hay que hacer cola para comprar las entradas y la sala es cautivada por la tranquilidad. Solo quedamos nosotros, los rezagados. Los que por cuestiones de trabajo, dinero o salud mental venimos a disfrutar de una película a las doce de la noche. Los que no encuentran un momento mejor en el día para relajarse y descansar la mente, o al menos intentarlo. Me dan demasiada curiosidad. No quiero leer el pensamiento, quiero adentrarme en sus cerebros y descubrir cómo funcionan. Cómo se orientan, cómo viven, cómo se mantienen con vida. A veces siento que estoy aparte de todo, que pertenezco a ciertos colectivos sociales y aún así estoy solo. Absoluta y completamente solo. En medio de una sala de cine, o del centro de la ciudad en hora punta. Siento que tengo familia y amigos, que hay gente que se preocupa por mí o al menos lo pretende pero solo estoy yo. Y a veces, se me hace aterrador. Mientras terminaba de despertar y le daba vueltas a mi cabeza como un loco, los créditos finales seducieron mis oídos y miré a la lista de nombres que aparecían en la gran pantalla. Todos ellos en constante movimiento sin la oportunidad de tener un segundo de reconocimiento. Puedes ser más grande o más pequeño, pero al fin y al cabo estás destinado a pasar de largo. Y al cabo del tiempo la gente olvidará tu nombre, olvidará tu presencia en los créditos de tu existencia y pasaras a ser polvo sin vida alguna. Las luces se encienden, y la gente comienza a bajar las escaleras de la sala hasta llegar a la puerta de salida. Yo me recuesto en el sillón y decido disfrutar un poco más de la música, del ambiente. Aunque no me haya enterado de la mitad de la película este sentimiento también vale la pena. Mientras sonrío por mis adentros, me prometo a mí mismo que terminaré de ver la película por internet. Al cabo de un par de minutos dejo mi asiento, dejo los paquetes de palomitas a medio acabar y los botes de refrescos vacíos atrás. Miro al altísimo techo y me pregunto si lo han limpiado alguna vez desde que se inauguró el sitio. La verdad, es que me da bastante igual, pero siempre quedará la curiosidad. Abro la pesada puerta que me brinda una fresca brisa en la cara en cuanto salgo al exterior. Mientras bajo las escaleras, veo a los demás espectadores alejarse a lo lejos. Cada uno por un camino distinto, de camino a seguir con sus vidas. Yo me siento en un bordillo y empiezo a liar un cigarrillo. No pasa nadie, el cielo está oscuro y solo se escucha la bulla de la ciudad si agudizas el oído.

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