La escasa luz que entra por la ventana y el ruido que hacen mis compañeros de piso hacen que abra los ojos. Los cristales están empañados y gotas de lluvia caen lentamente por el otro lado. Me gustan los días lluviosos. Me despierto con un dolor un tanto molesto en los oídos, y tardo poco en darme cuenta de que me quedé dormida escuchando música. No sé cuánto tiempo ésta se estuvo reproduciendo hasta que mi móvil se quedó sin batería, pero por mi salud auditiva espero que no haya sido mucho. Me incorporo en la cama y me rasco los ojos. No sé la hora que es y tampoco me importa, aunque debería, pues tengo un turno a las tres de la tarde en la cafetería.
Salgo de la habitación, bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Miro el reloj de la pared. Me pregunto cuánto tiempo lleva funcionando y cuánto tardaremos en ponerle pilas de nuevo cuando éste deje de dar la hora. Las doce, tengo tiempo de sobra. Después de compartir saludos amigables y sonrisas un tanto falsas con Diana y Megan, me tomo una taza de café junto a una magdalena en el sofá. Debería de cargar el móvil antes de que sea tarde.
Las horas transcurren como de costumbre, la gente entra y sale, pues vivo de alquiler en una casa bastante vieja y deteriorada pero grande y espaciosa un poco a las afueras de la ciudad, junto a dos chicas y dos chicos más. Cinco habitaciones tiene la vivienda, cada una con algo que la hace única y especial. Mi favorita, después de la mía, es la de Diana. Ella pudo elegir entre varias y sin embargo se decantó por un cuarto un poco pequeño para mi gusto en el sótano. ¿La razón? Nadie la sabe exactamente menos ella. Es una chica que a simple vista parece complicada, y una vez la conoces un poco confirmas tus sospechas. Desde los numerosos piercings que tiene en las orejas, otro en la nariz y otro en la lengua. Al menos, esos son todos los visibles. El gran tatuaje que tiene en la parte superior del pecho, de clavícula a clavícula. Donde hay escrito, con letras un tanto agresivas, “nothing lasts forever”. Hasta sus prendas hechas a ñicos y no por falta de dinero precisamente, su forma de hablar y de mostrarse al mundo. Aunque pueda parecer poco de fiar, en realidad es una chica fantástica. Siempre está dispuesta a ayudar en lo que sea posible, y aunque a veces tiene rachas en las que no sale de su habitación por días enteros, es una gran persona.
El tiempo pasa volando entre que termino mi desayuno, me doy una ducha, me preparo algo para comer entre horas y gasto un poco de mi tiempo en ver redes sociales y navegar un poco por internet. En breves llegan las dos, y tengo que salir de casa pues entre los minutos que me paso andando y en autobús, pasan aproximadamente cuarenta y cinco minutos, y nunca me gustó llegar tarde. Sigue lloviendo, así que me abrigo bien y cojo un paraguas rojo enorme del cual me siento muy orgullosa, pues lo he usado más veces de las que suelo usarlos normalmente antes de que se me rompan.
La poca gente que hay en la calle ahora mismo parece ocupada en llegar a su destino lo antes posible. Algunos llevan paraguas y otros corren con la chaqueta por encima de la cabeza. Espero unos pocos minutos en la parada de autobús más cercana y cojo un urbano que me lleva al centro de la ciudad. Éste va casi siempre vacío, pero luego hago trasbordo en otro que suele ir hasta arriba, aunque por suerte ahí paso mucho menos tiempo. Odio tener que dar tantas vueltas para tener que ir a trabajar, pero me vuelvo a repetir a mí misma que esto es mucho mejor que vivir con mis padres o en la calle. Me pregunto qué pasará si algún día me los encuentro por la calle, pues no los he visto nunca por la ciudad desde el incidente.
Llego a mi destino. Ni siquiera presto atención a las demás personas. Demasiado ajetreo, agua y caos como para fijarse. Por eso me gustan los días lluviosos. Mientras camino hacia mi destino, pienso en ello. Y este un día de lluvia te lo puedes pasar en casa viendo una buena película o jugando a algún videojuego, o puedes ir por la calle como si no hubiera nadie más en la acera. Digo en la acera, porque no sería la primera vez que un coche me salpica agua de algún charco desde la carretera. Todo el mundo se mete en su propia burbuja porque la meteorología no les agrada mucho. Solo quieren andar lo más rápido posible y buscar un techo sobre el que resguardarse. Y mientras, yo disfruto de mi paz. De que casi nadie note mi presencia por el estruendo de las gotas contra el suelo y la pérdida de vista que proporcionan los paraguas. Después de varios acontecimientos en mi vida, he aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, y no tiene nada que ver con que sea una fan incondicional de Zombieland.
Y por fin, estoy ante las puertas del Midnight Coffee. Supongo que se llama así porque es veinticuatro horas entre semana, aunque nunca me ha dado por preguntar. Abro la gran puerta de madera vieja que hace un ruido un tanto desagradable al entrar, aunque sé que no soy la única que lo piensa, prefiero no cabrear a nadie y pensar que eso es uno de los pequeños detalles que le da encanto al lugar. Y este desde sus mesas llenas de marcas que deja la gente, hasta sus sillas y sofás cómodos y mullidos. Sus paredes con más capas de pintura que años y los cuadros históricos de Londres colgados por todos lados. Los marcos que guardan desde el primer billete ganado por el negocio y fotos de los fundadores. El gran gusto musical que suena por unos viejos altavoces y la posibilidad de poder poner tus propias canciones desde una máquina poco fiable al fondo de la sala. Todos y cada uno de esos componentes, hacen que este sitio se te haga o muy incómodo, o muy agradable, y me alegro de ser de la segunda parte, sobre todo porque paso muchas horas a la semana por aquí.
Entro en la puerta con el cartel “Sólo empleados” y me pongo un delantal. Me arreglo un poco el pelo en un espejo con manchas que hay en la pared y sonrío para mis adentros. Vamos a hacerlo.
Y tal y como dije, salí por la puerta, saludé al dueño que estaba supervisando la cocina, agarré un pequeño cuaderno para apuntar los pedidos con un bolígrafo atado con una fina cuerda y me dirigí a las que suelen ser mis mesas, siendo hoy y por ahora, sólo una al fondo de la sala. Donde había un chico con una gabardina verde oscuro sentado solo mirando hacia la pared.
—Bienvenido a Midnight Coffee, ¿desea pedir algo? ¿Una taza de café quizás?
—Un trozo de tarta de queso y una tónica, por favor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario