lunes, 15 de agosto de 2016

3; Migraine

“Thank god it's Friday 'cause Fridays will always be better than Sundays 'cause Sundays are my suicide days”.

Recitan Twenty One Pilots en mis oídos. Miro al techo intentando buscarle algún sentido a la vida. Es de noche, pero no tengo ni idea de la hora que es exactamente. Tumbada boca arriba en mi cama, con una tenue luz que entra por la ventana y un flexo que ilumina a duras penas el ático que es mi habitación. Es gracioso cómo surgen las cosas. Siempre quise una habitación en la parte más alta de una casa o un edificio. Siempre quise que el techo no fuera plano, que estuviera inclinado y que tuviera una ventana por donde poder ver las estrellas. Este último requisito no he podido cumplirlo, pero me siento realizada sabiendo que con sólo dieciocho años he sido capaz de independizarme. Recuerdo la pelea con mis padres, una calurosa noche de verano. Estaba en el baño sangrando por las muñecas y mi madre aporreaba la puerta como si le fuera la vida en ello. Gritaba su excusa, que era que tenía que usar el váter, y yo al principio intenté disuadirla pero fue en vano. De repente, el pestillo cedió. La vieja puerta de madera se abrió de golpe y no me dio tiempo a ocultar toda la sangre y el utensilio que usé para provocarla. Entonces ella enfureció, había tomado un par de copas de más como de costumbre y empezó el caos. Gritaba, tiraba cosas las suelo, y mi padre que venía en el mismo estado que ella o incluso peor, se unió a destrozar todo lo que se interponía en su camino. Yo no dije una palabra, no los quise enfadar aún más si es que era posible. Corrí a mi habitación mientras ellos se peleaban en el pasillo. Recogí todas las cosas que consideré importantes y las cosas a las que tenía aprecio. Abrí el bote dónde voy guardando mis ahorros y sin contar la cantidad de dinero me lo metí todo en los bolsillos. Me hice una coleta. Cerré la mochila y abrí la puerta. Allí estaban ellos, maldiciendo hasta lo que ya está maldecido. Los ignoré, y aunque intentaron cortarme el paso estaban tan torpes gracias al alcohol que no me fue muy complicado salir de aquel embrollo. No sabía la hora que era tampoco, y no me importaba en absoluto. Salí de la casa dónde me había criado sin saber lo que me deparaba el futuro.
Una buena amiga me acogió en su casa, allí vivía ella con varios ocupas pero sirvió como solución temporal. Con dieciocho años recién cumplidos conseguí un trabajo en una pequeña cafetería y con eso tenía el dinero justo para entrar en un piso compartido en un mal barrio de la ciudad. Ahora tenía mis propios ingresos, mi propia habitación dónde nadie debería entrar sin permiso, tengo mi habitación de casi ensueño y una de mis canciones favoritas en las oídos. Solo estamos en febrero, apenas ha pasado medio año desde que comencé mi propio camino. Y aunque esto se parezca un poco a lo que siempre he querido no puedo evitar estar triste, y pensar que mi vida tiene nulo sentido.

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