martes, 23 de agosto de 2016

6; Bicho raro

Despierto lentamente como si de algo que disfrutar se tratara. Cuando apenas puedo abrir los ojos miro la hora que es en el móvil, y son las dos y media. Por la luz que entra por la ventana sospecho que lo son de la tarde, así que no me preocupo demasiado. Me siento, bostezo, estiro los brazos y miro al infinito. Otro día más que afrontar. Tengo un poco de frío pues compruebo que está lloviendo y hace un día de perros, así que agarro mi bata de rayas rojas y azul marino agujereada por todas partes y me la pongo encima. Después, todo sigue como de costumbre. Voy al baño, vuelvo a mirar mi cara, esta vez con un gesto un tanto penoso, planto un pino y me meto en la ducha. Odio tener que deshacerme de Htiaf tan pronto, pero ya tendré tiempo de ponérmela después. Salgo y aunque se me ponen los vellos de punta de camino al dormitorio por el frío, voy sin prisa alguna. Abro el armario y me visto con lo primero que pillo. Ni siquiera miro cómo está mi pelo, decido que no tengo ganas de cocinar algo y me ruge el estómago, así que salgo de mi apartamiento y me voy directamente al Midnight Coffee a por algo de desayunar, o almorzar, como prefieras llamarlo.

Una vez allí escojo el sitio más alejado. Nunca prefiero estar cerca de la humanidad y menos verles las caras, aunque no puedo evitar observarla. Quizás por eso soy un poco introvertido y a la vez vivo en un apartamento de escasos metros cuadrados en el centro de la ciudad. Me atiende quién parece ser una chica por su voz, porque ni siquiera alzo la cabeza. Pido mi tarta favorita, y una tónica para recuperar fuerzas, que le den a lo socialmente establecido ante el acompañamiento de los dulces. Se va, y contemplo el mundo a través del gran ventanal de la cafetería. Sigue lloviendo, y yo no he traído paraguas. Tampoco importa porque el portal de mi hogar está a menos de un minuto de aquí. Para ser más exactos, duermo, a veces como y sobrevivo, justamente cuatro pisos por encima de este lugar.
Mi pedido llega a la mesa, y la camarera pone el plato encima de la firma de una tal Sara, y una pareja de enamorados con las iniciales B y L. O al menos, lo estaban en 2003, según el corazón a rayones que hay grabado. Como sin propósito alguno mas que el de no desmayarme y bebo mi refresco poco a poco. Sin quererlo pasaron los minutos, y antes de que me diera cuenta el reloj de la pared marcaba las cuatro. Decidí subir a casa, aprovechando que hacia poco que había escampado. Ni siquiera pedí la cuenta, dejé un billete de 10 sobresaliendo del plato y salí por la puerta mientras me ponía la capucha. Me percaté de que una chica estaba fumándose un cigarrillo bajo el pequeño techo exterior que tiene el sitio y espontáneamente, decidí acompañarla. Me senté en el bordillo de la ventana y saqué todo lo que necesitaba para llegar a mi cometido, y tras un breve minuto acaba de crear otro canuto para posteriormente echar humo y conseguir cáncer, y lo encendí. La chica parecía nerviosa, llevaba una coleta un poco despeinada y tenía unas considerables raíces negras, siendo el resto de su pelo marrón un tanto pelirrojo. Fuma con un brazo cruzado, y el otro doblado hacia arriba encima, sujetando un cigarro industrial. Pisa repetidamente el suelo con el pie izquierdo y lleva un delantal negro. Pienso entonces que podría ser la camarera que me atendió antes, pues no hay mucha más gente trabajando hoy. Ella por su parte parece no darse cuenta de que la estoy analizando y mira a todas partes como si fuera un tic nervioso. Puede que simplemente sea una persona activa o puede que le preocupe algo. Puede que espere a alguien o que razonablemente odie su trabajo. A lo mejor está enfadada, o emocionada por algo que está a punto de pasar. Quizás sólo esté cansada de todo al igual que yo lo estoy de la sociedad.
Entonces, su tic se dirige hacia mí, me mira e instantáneamente cambio la dirección de mis ojos al frente, la carretera. Veo los coches pasar, a la gente pasear y a las hojas de los árboles bailar. Veo los charcos de agua y unos escasos rayos de sol que salen entre las nubes. Observo la vida en la gran ciudad. Todo parece normal e incluso un poco más bonito de lo usual y entonces, me pregunto por qué estará esta chica tan alterada. La miro inesperadamente con ojos fríos y ella con las mejillas ruborizadas vuelve a cambiar de punto e vista cada tres segundos.
—En tres escasos segundos no te da tiempo a apreciar lo que sea que estés viendo.
—Quizás es que no estoy tratando de apreciar nada -contesta ella, firmemente.
—¿Buscas algo entonces? O alguien...
—No busco nada -responde, seca como su garganta-, y no deberías de hablar con desconocidos, aunque eso no te lo debería hacer avisado yo.
Sonrío levemente y evito el contacto visual de nuevo. No es que me incomode, pero tampoco me ayuda en absoluto.
—No eres una desconocida, me has servido la comida -digo entre risas mientras doy otra calada.
—Pero no me conoces de nada, podría trabajar en este sitio de día y secuestrar personas ingenuas como tú por la noche.
—Creo que me arriesgo, tampoco es que tenga la esperanza de verte por las noches, con una dosis de energía negativa a las cuatro en punto es suficiente, muchas gracias.
Noto como frunce el ceño, la verdad es que no paro de mirarla y apartar la mirada cada poco tiempo. Le da una última calada a su cigarrillo y lo tira al suelo con fuerza. Acto seguido, lo pisa repetidas veces, como si éste le hubiera causado algún mal contra su propia voluntad:
—Gracias a ti por haberme estropeado el último que me quedaba en el paquete.
Sonríe sarcásticamente y le devuelvo una carcajada:
—¡De nada!
—Por cierto, espero que la combinación de alimento sólido y líquido que has elegido hoy no te cause mucho dolor de barriga dentro de un rato, yo que tú me iría a casa por si empiezan los retortijones.
—Si me entra diarrea, la expulsaré de mi cuerpo pensando en ti.
—Esa frase para ligar está muy vista ya.
—Puede que sí -río de nuevo y ella me sigue-, pero yo tengo tabaco para el resto del día y tú no. Además, no soy adivino pero dudo mucho que salgas de aquí antes de que cierren las tiendas.
—Acabas de perder una persona en el mundo a la que empezabas a no parecerle un bicho raro.
—Mi cometido en esta vida es que todos piensen eso, y por cierto, si quieres te dejo que te hagas unos cuantos -le ofrezco, señalando el paquete de Manitou que tengo en el regazo.
—No sé liar eso.
La miro desconcertado. No es la primera persona fumadora que conozco que no sabe liar, pero aún así me resulta raro que la gente no se de cuenta de que este tabaco está más rico, y sale más rentable.
—Si quieres te enseño, mientras te explico las ventajas del maravilloso mundo del tabaco de liar, ¿cuánto tiempo te queda de descanso?
—Apenas he pedido unos minutos para poder salir a fumar, pero hoy la cafetería está muerta y cigarros gratis son cigarros gratis.

Y así, la chica se sienta a mi lado y le enseño los conceptos básicos. Parece pillarlo muy rápido y en cuestión de sesenta segundos tiene un bonito piti liado y listo para encender a pesar de la humedad que hay en el ambiente.
—Pensaba que eras una noobie.
—No fumo esta mierda pero sé liar canutos. Por cierto gracias por esto, no tenías por qué hacerlo.
—De nada.
Silencio. Uno, dos, tres y cuatro. Segundos que hacen falta para que uno se haga incómodo. Y sin embargo no lo hace. Ella está seria y yo también. Será porque a mi me da un poco igual y ella sigue cabreada con la vida. Será porque sus ojos color miel me tranquilizan o porque los pelillos que se le han salido de la coleta bailan al son del viento y me distraen. Serán muchas cosas pero incómodo, seguro que no lo es.
—Úrsula -afirma, sin apenas mover un músculo de la cara.
—Bicho raro -contesto, y el silencio incómodo pasó a ser un extraño comienzo.

jueves, 18 de agosto de 2016

5; Pequeñas cosas

La escasa luz que entra por la ventana y el ruido que hacen mis compañeros de piso hacen que abra los ojos. Los cristales están empañados y gotas de lluvia caen lentamente por el otro lado. Me gustan los días lluviosos. Me despierto con un dolor un tanto molesto en los oídos, y tardo poco en darme cuenta de que me quedé dormida escuchando música. No sé cuánto tiempo ésta se estuvo reproduciendo hasta que mi móvil se quedó sin batería, pero por mi salud auditiva espero que no haya sido mucho. Me incorporo en la cama y me rasco los ojos. No sé la hora que es y tampoco me importa, aunque debería, pues tengo un turno a las tres de la tarde en la cafetería.
Salgo de la habitación, bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Miro el reloj de la pared. Me pregunto cuánto tiempo lleva funcionando y cuánto tardaremos en ponerle pilas de nuevo cuando éste deje de dar la hora. Las doce, tengo tiempo de sobra. Después de compartir saludos amigables y sonrisas un tanto falsas con Diana y Megan, me tomo una taza de café junto a una magdalena en el sofá. Debería de cargar el móvil antes de que sea tarde.

Las horas transcurren como de costumbre, la gente entra y sale, pues vivo de alquiler en una casa bastante vieja y deteriorada pero grande y espaciosa un poco a las afueras de la ciudad, junto a dos chicas y dos chicos más. Cinco habitaciones tiene la vivienda, cada una con algo que la hace única y especial. Mi favorita, después de la mía, es la de Diana. Ella pudo elegir entre varias y sin embargo se decantó por un cuarto un poco pequeño para mi gusto en el sótano. ¿La razón? Nadie la sabe exactamente menos ella. Es una chica que a simple vista parece complicada, y una vez la conoces un poco confirmas tus sospechas. Desde los numerosos piercings que tiene en las orejas, otro en la nariz y otro en la lengua. Al menos, esos son todos los visibles. El gran tatuaje que tiene en la parte superior del pecho, de clavícula a clavícula. Donde hay escrito, con letras un tanto agresivas, “nothing lasts forever”. Hasta sus prendas hechas a ñicos y no por falta de dinero precisamente, su forma de hablar y de mostrarse al mundo. Aunque pueda parecer poco de fiar, en realidad es una chica fantástica. Siempre está dispuesta a ayudar en lo que sea posible, y aunque a veces tiene rachas en las que no sale de su habitación por días enteros, es una gran persona.

El tiempo pasa volando entre que termino mi desayuno, me doy una ducha, me preparo algo para comer entre horas y gasto un poco de mi tiempo en ver redes sociales y navegar un poco por internet. En breves llegan las dos, y tengo que salir de casa pues entre los minutos que me paso andando y en autobús, pasan aproximadamente cuarenta y cinco minutos, y nunca me gustó llegar tarde. Sigue lloviendo, así que me abrigo bien y cojo un paraguas rojo enorme del cual me siento muy orgullosa, pues lo he usado más veces de las que suelo usarlos normalmente antes de que se me rompan.
La poca gente que hay en la calle ahora mismo parece ocupada en llegar a su destino lo antes posible. Algunos llevan paraguas y otros corren con la chaqueta por encima de la cabeza. Espero unos pocos minutos en la parada de autobús más cercana y cojo un urbano que me lleva al centro de la ciudad. Éste va casi siempre vacío, pero luego hago trasbordo en otro que suele ir hasta arriba, aunque por suerte ahí paso mucho menos tiempo. Odio tener que dar tantas vueltas para tener que ir a trabajar, pero me vuelvo a repetir a mí misma que esto es mucho mejor que vivir con mis padres o en la calle. Me pregunto qué pasará si algún día me los encuentro por la calle, pues no los he visto nunca por la ciudad desde el incidente.

Llego a mi destino. Ni siquiera presto atención a las demás personas. Demasiado ajetreo, agua y caos como para fijarse. Por eso me gustan los días lluviosos. Mientras camino hacia mi destino, pienso en ello. Y este un día de lluvia te lo puedes pasar en casa viendo una buena película o jugando a algún videojuego, o puedes ir por la calle como si no hubiera nadie más en la acera. Digo en la acera, porque no sería la primera vez que un coche me salpica agua de algún charco desde la carretera. Todo el mundo se mete en su propia burbuja porque la meteorología no les agrada mucho. Solo quieren andar lo más rápido posible y buscar un techo sobre el que resguardarse. Y mientras, yo disfruto de mi paz. De que casi nadie note mi presencia por el estruendo de las gotas contra el suelo y la pérdida de vista que proporcionan los paraguas. Después de varios acontecimientos en mi vida, he aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, y no tiene nada que ver con que sea una fan incondicional de Zombieland.

Y por fin, estoy ante las puertas del Midnight Coffee. Supongo que se llama así porque es veinticuatro horas entre semana, aunque nunca me ha dado por preguntar. Abro la gran puerta de madera vieja que hace un ruido un tanto desagradable al entrar, aunque sé que no soy la única que lo piensa, prefiero no cabrear a nadie y pensar que eso es uno de los pequeños detalles que le da encanto al lugar. Y este desde sus mesas llenas de marcas que deja la gente, hasta sus sillas y sofás cómodos y mullidos. Sus paredes con más capas de pintura que años y los cuadros históricos de Londres colgados por todos lados. Los marcos que guardan desde el primer billete ganado por el negocio y fotos de los fundadores. El gran gusto musical que suena por unos viejos altavoces y la posibilidad de poder poner tus propias canciones desde una máquina poco fiable al fondo de la sala. Todos y cada uno de esos componentes, hacen que este sitio se te haga o muy incómodo, o muy agradable, y me alegro de ser de la segunda parte, sobre todo porque paso muchas horas a la semana por aquí.

Entro en la puerta con el cartel “Sólo empleados” y me pongo un delantal. Me arreglo un poco el pelo en un espejo con manchas que hay en la pared y sonrío para mis adentros. Vamos a hacerlo.
Y tal y como dije, salí por la puerta, saludé al dueño que estaba supervisando la cocina, agarré un pequeño cuaderno para apuntar los pedidos con un bolígrafo atado con una fina cuerda y me dirigí a las que suelen ser mis mesas, siendo hoy y por ahora, sólo una al fondo de la sala. Donde había un chico con una gabardina verde oscuro sentado solo mirando hacia la pared.
—Bienvenido a Midnight Coffee, ¿desea pedir algo? ¿Una taza de café quizás?
—Un trozo de tarta de queso y una tónica, por favor.

martes, 16 de agosto de 2016

4; Colilla

De alguna forma se me hace hermoso. Ver cómo el cigarro se consume gracias a todo lo que le rodea. Y es que él no elige estar presente en ese mismo instante, pero nosotros le obligamos a permanecer ahí. Entonces, junto con nuestras caladas, con la brisa del viento o incluso otros factores como el agua, el cigarrillo se agota. O se rompe, o se vuelve inservible. ¿Seremos cigarros que acaben mojados, consumidos o tirados a la basura intactos por error? Pero qué más da, es sólo un piti, por llamarlo de alguna forma que me haga parecer guay.
Tiro la colilla aún encendida a una alcantarilla, y si agudizo el oído puedo oír como cae al agua. La calle está solitaria, la luz de las farolas me indican el camino a casa pero sin embargo no me dejan ver las estrellas. No se escuchan pájaros, ni signos de vida humana. Todas las puertas cerradas y todas las ventanas con las luces apagadas, solo el sonido de mis pisadas y un último hilo de humo que se escapa de mis pulmones.

Meto la llave, abro el portal de mi bloque de pisos, subo las escaleras hasta la planta número seis, excuso de nuevo la reparación del ascensor que ya lleva varios meses de retraso con que así hago un poco de cardio. Llego a mi puerta, vuelvo a introducir una llave, me equivoco y lo intento con otra. La bombilla está fundida y ningún vecino tiene ganas de cambiarla, porque por suerte una farola alumbra el pasillo por la ventana. Abro, cierro, me quito los zapatos. Cuelgo el abrigo en un perchero y enciendo luces conforme las voy necesitando. Primero, un vaso de agua en la cocina. Segundo, plantar un pino. Tercero, mirar mi cara de circunstancia en el espejo, la cual parece cansada. Las facciones de mi cara han cambiado y ahora parecen mucho más flacas. Ojeras que no me molesto en ocultar y una mirada desconcertada. La pelusilla que me sale en la barbilla y los lados de la cara que debería afeitar. El pelo descuidado de un marrón maltratado y lo único que sigue intacto, un tatuaje donde pone fear me encima de la ceja derecha.
Por cierto, de postre, me tomé los minutos que me faltaban por ver de La Quinta Ola, y ahora comprendo por qué me quede dormido.

lunes, 15 de agosto de 2016

3; Migraine

“Thank god it's Friday 'cause Fridays will always be better than Sundays 'cause Sundays are my suicide days”.

Recitan Twenty One Pilots en mis oídos. Miro al techo intentando buscarle algún sentido a la vida. Es de noche, pero no tengo ni idea de la hora que es exactamente. Tumbada boca arriba en mi cama, con una tenue luz que entra por la ventana y un flexo que ilumina a duras penas el ático que es mi habitación. Es gracioso cómo surgen las cosas. Siempre quise una habitación en la parte más alta de una casa o un edificio. Siempre quise que el techo no fuera plano, que estuviera inclinado y que tuviera una ventana por donde poder ver las estrellas. Este último requisito no he podido cumplirlo, pero me siento realizada sabiendo que con sólo dieciocho años he sido capaz de independizarme. Recuerdo la pelea con mis padres, una calurosa noche de verano. Estaba en el baño sangrando por las muñecas y mi madre aporreaba la puerta como si le fuera la vida en ello. Gritaba su excusa, que era que tenía que usar el váter, y yo al principio intenté disuadirla pero fue en vano. De repente, el pestillo cedió. La vieja puerta de madera se abrió de golpe y no me dio tiempo a ocultar toda la sangre y el utensilio que usé para provocarla. Entonces ella enfureció, había tomado un par de copas de más como de costumbre y empezó el caos. Gritaba, tiraba cosas las suelo, y mi padre que venía en el mismo estado que ella o incluso peor, se unió a destrozar todo lo que se interponía en su camino. Yo no dije una palabra, no los quise enfadar aún más si es que era posible. Corrí a mi habitación mientras ellos se peleaban en el pasillo. Recogí todas las cosas que consideré importantes y las cosas a las que tenía aprecio. Abrí el bote dónde voy guardando mis ahorros y sin contar la cantidad de dinero me lo metí todo en los bolsillos. Me hice una coleta. Cerré la mochila y abrí la puerta. Allí estaban ellos, maldiciendo hasta lo que ya está maldecido. Los ignoré, y aunque intentaron cortarme el paso estaban tan torpes gracias al alcohol que no me fue muy complicado salir de aquel embrollo. No sabía la hora que era tampoco, y no me importaba en absoluto. Salí de la casa dónde me había criado sin saber lo que me deparaba el futuro.
Una buena amiga me acogió en su casa, allí vivía ella con varios ocupas pero sirvió como solución temporal. Con dieciocho años recién cumplidos conseguí un trabajo en una pequeña cafetería y con eso tenía el dinero justo para entrar en un piso compartido en un mal barrio de la ciudad. Ahora tenía mis propios ingresos, mi propia habitación dónde nadie debería entrar sin permiso, tengo mi habitación de casi ensueño y una de mis canciones favoritas en las oídos. Solo estamos en febrero, apenas ha pasado medio año desde que comencé mi propio camino. Y aunque esto se parezca un poco a lo que siempre he querido no puedo evitar estar triste, y pensar que mi vida tiene nulo sentido.

Borderline between what and what?

Hay demasiados pensamientos en mi mente, y estoy cansada, cansadísima pero no puedo descansar. Hay algo en mi interior que me pide a gritos que lo exprese, que lo saque de alguna forma. Ya sea escribiendo, cantando, jugando, viendo la televisión, mirando artículos en google, escribiendo en un blog, ojeando tumblr, escribiendo a las dos y veintiuno de la madrugada al lado de una persona que aprecio muchísimo mientras está durmiendo, sangrando por las muñecas, escuchando el ruido de ventilador, gritando al infinito o mirando hacía el vacío. No sé qué pensar. Tengo miedo de que todo lo que tengo en mi cabeza tenga una definición y pueda ser diagnosticado, y de alguna forma, me molesta. Me consume por dentro pensar que me lo pueden arrancar. Que algún día podría ser normal. Que me traten como a un bicho raro y me tengan tras una pared de cristal. Joder, se me hace imposible no rimar. Las palabras son como un vaivén en mi cabeza y por mucho que lo intente no se pueden ordenar. No pueden significar algo en concreto, no paran de bailar. De ensancharse y encogerse como si jugáramos a una versión terrorífica del billar. Donde mis pensamientos son las bolas, y todos las golpean intentando esconderlas. Yo muestro la blanca, y la gente la maltrata. Sin embargo cuando saco a la luz un poquito de la negra todo el mundo la evita a toda costa. Como si no valiera la pena, como si no fuera hermosa, como si por una razón que han inventado ellos si la tocas, no ganas. Simplemente continúan golpeándome, con un palo porque les da miedo contagiarse. Y me siguen consumiendo, me siguen escondiendo y no me dejan ver el cielo.
Sin embargo, vuelven a pagar. Vuelven a introducir un euro en la ranura porque es una cantidad pequeña y simbólica, ¿verdad? Vale la pena, y es divertido. Pero poco a poco me hago rica gracias a sus pensamientos retorcidos. Y cada vez me hago más fuerte, y lentamente construyo de nuevo mi muro. Cuando lo termine nada me afectará en absoluto. Lo triste es que seguiré sintiendo vacío en mi interior. Y nada podrá hacerme cambiar de opinión. Lo cierto es que algo dentro de mí funciona mal, y como mesa de billar que soy me pueden reemplazar.
Y ya está. No hay vuelta atrás. Cada segundo que paso escribiendo esto es un segundo menos que paso con está incertidumbre. Que me abruma. Pero me encanta de todas formas. Me hace sentir especial entre todas las simples cosas. Aunque es complicado, aquí sigo luchando. A mi manera, que puede que no sea la correcta, pero es la única forma en la que puedo seguir despierta.
Siento que estoy ciega, siento que alguna sustancia tóxica recorre mis venas. Siento que hay algo que me acecha todas las noches. Y todos los días. Madre mía, ojalá estuvieras aquí. Ya no estoy tan triste por tu marcha pero sé que comprenderías mi sin vivir. No sé si esto tiene algún sentido, no sé ni si quiera cómo escribo. Ya no es que me exprese yo misma, ya es que dejo que mi mente me reprima.
Porque ya no sé quién soy. No sé como sigo en pie. No sé que camino escoger. No sé si fumar otra vez. No sé si sangrar otra noche más. No sé si debería continuar. No sé nada y no sé todo. No sé hasta donde puedo tocar fondo.

miércoles, 22 de junio de 2016

2; Un segundo de reconocimiento

Una tenue luz entre toda la oscuridad. Sonidos que no soy capaz de distinguir y ruidos causados por el simple hecho de estar vivos. Respiraciones, corazones bombeando. Explosiones de sentimientos y personas desinteresadas. Me acerco un paso hacia la realidad. He vuelto a quedarme dormido en el cine. Me recuesto sobre el sillón, y miro a mi alrededor. Hay personas pendientes de la película, otras se emocionan y a algunas les ha podido el hecho de venir a la sesión golfa. Me gusta asistir a la última proyección del día porque los espectadores somos un grupo más reducido. No hay que hacer cola para comprar las entradas y la sala es cautivada por la tranquilidad. Solo quedamos nosotros, los rezagados. Los que por cuestiones de trabajo, dinero o salud mental venimos a disfrutar de una película a las doce de la noche. Los que no encuentran un momento mejor en el día para relajarse y descansar la mente, o al menos intentarlo. Me dan demasiada curiosidad. No quiero leer el pensamiento, quiero adentrarme en sus cerebros y descubrir cómo funcionan. Cómo se orientan, cómo viven, cómo se mantienen con vida. A veces siento que estoy aparte de todo, que pertenezco a ciertos colectivos sociales y aún así estoy solo. Absoluta y completamente solo. En medio de una sala de cine, o del centro de la ciudad en hora punta. Siento que tengo familia y amigos, que hay gente que se preocupa por mí o al menos lo pretende pero solo estoy yo. Y a veces, se me hace aterrador. Mientras terminaba de despertar y le daba vueltas a mi cabeza como un loco, los créditos finales seducieron mis oídos y miré a la lista de nombres que aparecían en la gran pantalla. Todos ellos en constante movimiento sin la oportunidad de tener un segundo de reconocimiento. Puedes ser más grande o más pequeño, pero al fin y al cabo estás destinado a pasar de largo. Y al cabo del tiempo la gente olvidará tu nombre, olvidará tu presencia en los créditos de tu existencia y pasaras a ser polvo sin vida alguna. Las luces se encienden, y la gente comienza a bajar las escaleras de la sala hasta llegar a la puerta de salida. Yo me recuesto en el sillón y decido disfrutar un poco más de la música, del ambiente. Aunque no me haya enterado de la mitad de la película este sentimiento también vale la pena. Mientras sonrío por mis adentros, me prometo a mí mismo que terminaré de ver la película por internet. Al cabo de un par de minutos dejo mi asiento, dejo los paquetes de palomitas a medio acabar y los botes de refrescos vacíos atrás. Miro al altísimo techo y me pregunto si lo han limpiado alguna vez desde que se inauguró el sitio. La verdad, es que me da bastante igual, pero siempre quedará la curiosidad. Abro la pesada puerta que me brinda una fresca brisa en la cara en cuanto salgo al exterior. Mientras bajo las escaleras, veo a los demás espectadores alejarse a lo lejos. Cada uno por un camino distinto, de camino a seguir con sus vidas. Yo me siento en un bordillo y empiezo a liar un cigarrillo. No pasa nadie, el cielo está oscuro y solo se escucha la bulla de la ciudad si agudizas el oído.

miércoles, 20 de abril de 2016

1; Completa y absolutamente solo

Nada, no veo nada. Me falta el estímulo visual pero siento más que nunca. Tengo los ojos abiertos y solo veo oscuridad, y es en este momento cuando todo me viene de golpe. El pasado, el futuro, él, ella, ellos, nosotros. La sociedad, el mundo, la vida. Parece que voy a explotar, siento que hay una bomba con un solo segundo en la marcha atrás dentro de mi cabeza, y que el tiempo se ha congelado. Que no hay vuelta atrás, ni camino hacia adelante. Que las cosas fáciles se han vuelto difíciles y a las complicadas les he puesto un muro. Un muro infranqueable, como su cabeza. Ese lugar tan misterioso al que nunca podré acceder. Esa gran sonrisa que ocultaba la tristeza de su mente, esos ojos color miel, tan brillantes que cegaban la vista, y te distraían de sus marcas. De sus cicatrices, de las físicas y de las del corazón. Tenía dos versiones de sí misma, y estuve a punto de conocer las dos. Quizás si hubiera cambiado un pequeño detalle, una mínima acción. Quizás ahora vería algo más que el color negro de la noche, quizás estaría escuchando Wonderwall y no Everybody Hurts. Puede que estuviera tomando café en vez de sostener un cigarrillo encendido, y seguramente no estaría solo. Completa y absolutamente solo.