Despierto lentamente como si de algo que disfrutar se tratara. Cuando apenas puedo abrir los ojos miro la hora que es en el móvil, y son las dos y media. Por la luz que entra por la ventana sospecho que lo son de la tarde, así que no me preocupo demasiado. Me siento, bostezo, estiro los brazos y miro al infinito. Otro día más que afrontar. Tengo un poco de frío pues compruebo que está lloviendo y hace un día de perros, así que agarro mi bata de rayas rojas y azul marino agujereada por todas partes y me la pongo encima. Después, todo sigue como de costumbre. Voy al baño, vuelvo a mirar mi cara, esta vez con un gesto un tanto penoso, planto un pino y me meto en la ducha. Odio tener que deshacerme de Htiaf tan pronto, pero ya tendré tiempo de ponérmela después. Salgo y aunque se me ponen los vellos de punta de camino al dormitorio por el frío, voy sin prisa alguna. Abro el armario y me visto con lo primero que pillo. Ni siquiera miro cómo está mi pelo, decido que no tengo ganas de cocinar algo y me ruge el estómago, así que salgo de mi apartamiento y me voy directamente al Midnight Coffee a por algo de desayunar, o almorzar, como prefieras llamarlo.
Una vez allí escojo el sitio más alejado. Nunca prefiero estar cerca de la humanidad y menos verles las caras, aunque no puedo evitar observarla. Quizás por eso soy un poco introvertido y a la vez vivo en un apartamento de escasos metros cuadrados en el centro de la ciudad. Me atiende quién parece ser una chica por su voz, porque ni siquiera alzo la cabeza. Pido mi tarta favorita, y una tónica para recuperar fuerzas, que le den a lo socialmente establecido ante el acompañamiento de los dulces. Se va, y contemplo el mundo a través del gran ventanal de la cafetería. Sigue lloviendo, y yo no he traído paraguas. Tampoco importa porque el portal de mi hogar está a menos de un minuto de aquí. Para ser más exactos, duermo, a veces como y sobrevivo, justamente cuatro pisos por encima de este lugar.
Mi pedido llega a la mesa, y la camarera pone el plato encima de la firma de una tal Sara, y una pareja de enamorados con las iniciales B y L. O al menos, lo estaban en 2003, según el corazón a rayones que hay grabado. Como sin propósito alguno mas que el de no desmayarme y bebo mi refresco poco a poco. Sin quererlo pasaron los minutos, y antes de que me diera cuenta el reloj de la pared marcaba las cuatro. Decidí subir a casa, aprovechando que hacia poco que había escampado. Ni siquiera pedí la cuenta, dejé un billete de 10 sobresaliendo del plato y salí por la puerta mientras me ponía la capucha. Me percaté de que una chica estaba fumándose un cigarrillo bajo el pequeño techo exterior que tiene el sitio y espontáneamente, decidí acompañarla. Me senté en el bordillo de la ventana y saqué todo lo que necesitaba para llegar a mi cometido, y tras un breve minuto acaba de crear otro canuto para posteriormente echar humo y conseguir cáncer, y lo encendí. La chica parecía nerviosa, llevaba una coleta un poco despeinada y tenía unas considerables raíces negras, siendo el resto de su pelo marrón un tanto pelirrojo. Fuma con un brazo cruzado, y el otro doblado hacia arriba encima, sujetando un cigarro industrial. Pisa repetidamente el suelo con el pie izquierdo y lleva un delantal negro. Pienso entonces que podría ser la camarera que me atendió antes, pues no hay mucha más gente trabajando hoy. Ella por su parte parece no darse cuenta de que la estoy analizando y mira a todas partes como si fuera un tic nervioso. Puede que simplemente sea una persona activa o puede que le preocupe algo. Puede que espere a alguien o que razonablemente odie su trabajo. A lo mejor está enfadada, o emocionada por algo que está a punto de pasar. Quizás sólo esté cansada de todo al igual que yo lo estoy de la sociedad.
Entonces, su tic se dirige hacia mí, me mira e instantáneamente cambio la dirección de mis ojos al frente, la carretera. Veo los coches pasar, a la gente pasear y a las hojas de los árboles bailar. Veo los charcos de agua y unos escasos rayos de sol que salen entre las nubes. Observo la vida en la gran ciudad. Todo parece normal e incluso un poco más bonito de lo usual y entonces, me pregunto por qué estará esta chica tan alterada. La miro inesperadamente con ojos fríos y ella con las mejillas ruborizadas vuelve a cambiar de punto e vista cada tres segundos.
—En tres escasos segundos no te da tiempo a apreciar lo que sea que estés viendo.
—Quizás es que no estoy tratando de apreciar nada -contesta ella, firmemente.
—¿Buscas algo entonces? O alguien...
—No busco nada -responde, seca como su garganta-, y no deberías de hablar con desconocidos, aunque eso no te lo debería hacer avisado yo.
Sonrío levemente y evito el contacto visual de nuevo. No es que me incomode, pero tampoco me ayuda en absoluto.
—No eres una desconocida, me has servido la comida -digo entre risas mientras doy otra calada.
—Pero no me conoces de nada, podría trabajar en este sitio de día y secuestrar personas ingenuas como tú por la noche.
—Creo que me arriesgo, tampoco es que tenga la esperanza de verte por las noches, con una dosis de energía negativa a las cuatro en punto es suficiente, muchas gracias.
Noto como frunce el ceño, la verdad es que no paro de mirarla y apartar la mirada cada poco tiempo. Le da una última calada a su cigarrillo y lo tira al suelo con fuerza. Acto seguido, lo pisa repetidas veces, como si éste le hubiera causado algún mal contra su propia voluntad:
—Gracias a ti por haberme estropeado el último que me quedaba en el paquete.
Sonríe sarcásticamente y le devuelvo una carcajada:
—¡De nada!
—Por cierto, espero que la combinación de alimento sólido y líquido que has elegido hoy no te cause mucho dolor de barriga dentro de un rato, yo que tú me iría a casa por si empiezan los retortijones.
—Si me entra diarrea, la expulsaré de mi cuerpo pensando en ti.
—Esa frase para ligar está muy vista ya.
—Puede que sí -río de nuevo y ella me sigue-, pero yo tengo tabaco para el resto del día y tú no. Además, no soy adivino pero dudo mucho que salgas de aquí antes de que cierren las tiendas.
—Acabas de perder una persona en el mundo a la que empezabas a no parecerle un bicho raro.
—Mi cometido en esta vida es que todos piensen eso, y por cierto, si quieres te dejo que te hagas unos cuantos -le ofrezco, señalando el paquete de Manitou que tengo en el regazo.
—No sé liar eso.
La miro desconcertado. No es la primera persona fumadora que conozco que no sabe liar, pero aún así me resulta raro que la gente no se de cuenta de que este tabaco está más rico, y sale más rentable.
—Si quieres te enseño, mientras te explico las ventajas del maravilloso mundo del tabaco de liar, ¿cuánto tiempo te queda de descanso?
—Apenas he pedido unos minutos para poder salir a fumar, pero hoy la cafetería está muerta y cigarros gratis son cigarros gratis.
Y así, la chica se sienta a mi lado y le enseño los conceptos básicos. Parece pillarlo muy rápido y en cuestión de sesenta segundos tiene un bonito piti liado y listo para encender a pesar de la humedad que hay en el ambiente.
—Pensaba que eras una noobie.
—No fumo esta mierda pero sé liar canutos. Por cierto gracias por esto, no tenías por qué hacerlo.
—De nada.
Silencio. Uno, dos, tres y cuatro. Segundos que hacen falta para que uno se haga incómodo. Y sin embargo no lo hace. Ella está seria y yo también. Será porque a mi me da un poco igual y ella sigue cabreada con la vida. Será porque sus ojos color miel me tranquilizan o porque los pelillos que se le han salido de la coleta bailan al son del viento y me distraen. Serán muchas cosas pero incómodo, seguro que no lo es.
—Úrsula -afirma, sin apenas mover un músculo de la cara.
—Bicho raro -contesto, y el silencio incómodo pasó a ser un extraño comienzo.